El cambio de hora genera desajustes en el sueño infantil por hasta diez días.
En la madrugada del próximo sábado, se producirá el esperado cambio al horario de verano, lo que podría causar en los niños un fenómeno similar al 'jet lag' que podría prolongarse durante aproximadamente diez días. Este efecto se traduce en síntomas como irritabilidad y somnolencia, reflejando la sensibilidad particular de los más pequeños ante modificaciones en sus horarios.
La alteración en los horarios diarios afecta especialmente a niños y ancianos, quienes requieren de un tiempo considerable para adaptarse a sus nuevas rutinas. El traspaso de la hora resultará en una pérdida rápida de una hora de sueño, lo que, aunque se compensa con más luz diurna, impacta en los ritmos biológicos que garantizan un funcionamiento adecuado del cuerpo.
El cambio tendrá lugar a las dos de la madrugada, que se adelanta a las tres, lo que a primera vista puede parecer un ajuste menor, pero tiene repercusiones en los ritmos circadianos que rigen el sueño y la vigilia. Según Milagros Merino Andreu, especialista en trastornos del sueño en el Hospital Universitario La Paz de Madrid, el cuerpo humano requiere de tres a cuatro días para adaptarse a estas variaciones, y los más afectados son los niños, especialmente los más pequeños, debido a su reloj biológico aún en desarrollo.
El sueño de calidad es fundamental para el crecimiento y el bienestar emocional de los niños, sin embargo, estudios de la Sociedad Española de Neurología (SEN) indican que aproximadamente el 25% de la población infantil no logra descansar adecuadamente. Solo un 30% de los niños mayores de 11 años cumplen con las horas de sueño recomendadas, lo que se traduce en múltiples problemas de salud y bienestar.
Aunque los efectos del cambio horario no son alarmantes, sí que pueden desestabilizar las rutinas de los más pequeños. Esta alteración es especialmente crítica en el caso de los bebés, quienes pueden experimentar dificultades para dormir, episodios de despertar nocturno y cambios en su apetito, así como un aumento en la irritabilidad y la fatiga.
Según la especialista, los niños que enfrentan estos cambios pueden volverse más inquietos e inatentos, y aunque algunos presenten somnolencia, esta no es la reacción más común. Sin embargo, estas alteraciones son generalmente pasajeras y se resuelven una vez que se establecen nuevamente las rutinas habituales de sueño.
La mejor estrategia para mitigar estos efectos es mantener horarios regulares y consistentes en lo que respecta a la hora de dormir, las comidas y las actividades diarias. También se recomienda crear un ambiente relajante antes de dormir, como tomar un baño o leer, fomentar la autonomía para dormir en sus propias camas, y evitar demandar un alto rendimiento académico durante los primeros días de adaptación.