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Madrid 2 de Mayo de 2025 · 09:06h 4 min de lectura

La Comunidad busca proteger a la histórica fábrica de cervezas El Águila como Bien de Interés Cultural.

La Comunidad de Madrid ha decidido dar un paso importante en la protección de su patrimonio industrial al iniciar el proceso para declarar Bien de Interés Cultural (BIC) la emblemática fábrica de cervezas El Águila. Este complejo, erigido a principios del siglo XX, no solo representa un punto de referencia en la historia de la industria cervecera madrileña, sino que también es un ejemplo significativo del estilo arquitectónico neomudéjar.

El complejo, diseñado por el reconocido arquitecto Eugenio Jiménez Corera y terminado en 1912, se encuentra en el barrio de Arganzuela. Por su valor histórico, la Comunidad de Madrid se ha comprometido a preservar no solo esta edificación, sino también los elementos conservados de la antigua fábrica de lozas de Valdemorillo, que será reconocida en la misma categoría.

Según han informado fuentes oficiales de la Consejería de Cultura, este movimiento busca proteger los aspectos más representativos de El Águila, como los muros que definen la fachada y las cubiertas de madera de los primeros silos, que aún se mantienen en un estado notable tras su restauración entre 1999 y 2003. La rehabilitación no solo fue un trabajo arquitectónico; fue un esfuerzo por recuperar la memoria colectiva de una época fascinante en la historia de Madrid.

El Diario Oficial de la Comunidad de Madrid publicó el 23 de abril la resolución que detalla la protección a otros elementos, como los distintivos cerámicos en las fachadas y el emblemático águila de bronce que se erige sobre un pedestal de piedra en el centro del complejo. A ello se suma la conservación de los raíles que aún recorren la calle que atraviesa el conjunto.

La historia de El Águila comienza en 1900, cuando Augusto Comas y Blanco, junto a socios, fundaron la empresa con una inversión inicial de dos millones de pesetas. Este capital se destinó a construir una fábrica en la calle General Lacy, aprovechando la favorable ubicación cercana a la estación de Delicias, lo que garantizaba una logística eficiente.

En un contexto donde ya operaban otras cervecerías en la capital, como Mahou y Santa Bárbara, la nueva instalación se benefició de la excelente calidad del agua proveniente del Canal de Isabel II, además de tener acceso a un abundante suministro de cebada. La construcción de El Águila se completó entre 1903 y 1904, destacando por su sólida estructura de ladrillo y sus decoraciones de azulejos cerámicos.

El complejo fue expandiéndose a lo largo de las décadas, adaptándose a las innovaciones tecnológicas e incorporando nuevos pabellones diseñados por el arquitecto Luis Sainz de los Terreros. A mediados del siglo XX, El Águila llegó a ocupar una porción considerable del mercado cervecero en España, alcanzando hasta un 25% de la cuota del sector.

Sin embargo, la trayectoria de la cervecera no fue siempre ascendente. Durante la Guerra Civil, la fábrica fue nacionalizada y, aunque regresó a su propietario tras el conflicto, ya había caído en una paulatina decadencia. A finales de los años 80, El Águila cerró sus puertas definitivamente, dejando tras de sí un vestigio de su grandeza.

En 1993, la Comunidad de Madrid compró el complejo y, un año después, se lanzó un concurso para revitalizarlo. La propuesta de los arquitectos Emilio Tuñón Álvarez y Luis Moreno García-Mansilla ganó el certamen, permitiendo integrar el pasado industrial con un futuro cultural. La restauración permitió conservar elementos esenciales de la historia de Madrid, transformando El Águila en un espacio cultural significativo.

Por otro lado, la antigua fábrica de lozas de Valdemorillo también será considerada BIC. Esta fundación, creada en 1845 por Juan Falcó y otros socios, se destacó en la producción de vajillas y objetos decorativos. A pesar de enfrentar varios desafíos a lo largo de los años, como un incendio en 1902 y la competencia extranjera, la fábrica logró adaptarse e incluso modernizarse antes de cerrar en 1914.

La planta, que sobrevivió en parte a la Guerra Civil, ha dejado huellas de su rica historia, incluyendo tres hornos de producción y un antiguo pudridero de caolín que permanecen en pie. En los años 90, la familia Giralt Laporta cedió el terreno para hacer posible el actual centro cultural, asegurando así que este legado industrial local continúe formando parte del patrimonio de Valdemorillo.

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